A lo largo del día sentimos la imperiosa necesidad de ir al cuarto de baño. Allí nos acercamos al retrete, levantamos la tapa y nos aposentamos hasta terminada la faena. Después hay quien no se lava las manos, pero esa es otra historia.
El retrete siempre ha estado ahí. Los hay de diferentes formas y colores. Sus cisternas pueden estar acopladas o colgando de la pared, pero... ¿quién tuvo la idea para inventarlo?
Para llegar al momento histórico del retrete, debemos remontarnos un poco en la historia, ya que se trata de un invento cuya base está en el orinal.
Fue entre los siglos III y II a.C cuando los romanos inventaron el orinal o, como se denominaba entonces, matula. Su finalidad ya la concemos, pero la idea era el deshacerse de los excrementos y orines. Fue indudablemente un gran invento de la historia y prueba de ello es que durante unos 2200 años se convirtió en un utilitario básico en la vida cotidiana.
Pero hasta 1375, en Francia, no se firma un decreto con la finalidad de instalar en cada vivienda letrinas privadas ya que hasta ese momento, lo habitual, era satisfacer las necesidades públicamente. No obstante, este decreto no era la solución definitiva aunque si es cierto, que daba más privacidad al asunto.
En el siglo XVIII se procuró prohibir las calles-letrinas llegando a la conclusión de que sería más factible crear lo que se denominó "mierderos", unos canales especiales para la evacuación de los excrementos. Por tanto, se construyeron algunas casas de pozos negros que iban a dar a unos contenedores especiales. Este sistema fue inventado por P. Giraud en 1786. Esos contenedores se vaciaban a las afueras de la ciudad. Pero ese sistema no era lodo lo efectivo que se pretendía y la gente prefería hacer sus necesidades en casa y vaciarlas por las calles (con este gesto surgió la famosa frase "agua vá!").
A finales del siglo XIX se inventa la primera taza de retrete. Era muy similar a la actual y tenía una tapa metálica. El invento es anónimo, pero corre a cargo de una institución conocida entonces como escuela monje y que posteriormente tomaría el nombre de instituto Carnot de París. Pero la comunidad médica estaba en contra de este invento ya que consideraban que se trataba de un foco de infecciones por, entre otras cosas, la famosa tapa metálica.
Por otra parte, el inglés Thomas Crapper diseñó los complementos que le faltaban al retrete: la cisterna de agua y el sifón. Con la cisterna, situada por encima del retrete, limpiaba a éste y diluía las defecaciones haciendo que los vertidos al río fuesen menos densos. Con el sifón garantizaba que en la base del retrete hubiese agua más o menos limpia. Con todo esto se eliminaban los malos olores y las emanaciones que había en el pasado.
Este gran invento, no tendría gran repercusión hasta que se comenzaron a desarrollar los sistemas de alcantarillado en las ciudades a mediados el siglo XX
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