Por increíble que nos parezca, hubo un tiempo en el se podía ir de Málaga a Melilla, o de Marsella a Trípoli paseando tranquilamente por el fondo del Mediterráneo, sin tener que sortear ni un solo charco de agua. Pero de esto hace muchísimo tiempo, mucho antes de que el primer hombre apareciera sobre la faz de la Tierra.
Esta enorme balsa de agua salada de 3.800 kilómetros de longitud y una extensión de 2.966.000 kilómetros cuadrados, que para los antiguos constituía el centro del universo, y que nosotros estamos convirtiendo en una cloaca, prácticamente se secó en la Era Terciaria. Esto ocurrió exactamente a finales del Mioceno, hará unos trece millones de años. Según el profesor K.J. Hsü, durante este período geológico, el Mediterráneo experimentó un drástico cambio, pasando de ser un mar abierto y profundo –actualmente llega a los 4.632 metros de profundidad a la altura del Peleponeso- a otro rico en evaporizas, un tipo de formación sedimentaria cuyos componentes, antes de ser depositados, estaban disueltos en agua salada (es el caso de la sal gema o el yeso). Según confirma el profesor Hsü, la presencia de evaporizas en los fondos mediterráneos constituye una prueba de que el Mare Nostrum se quedó sin una gota de agua.
De esta forma, las cuencas del levante español y las islas Baleares se transformaron en vastos lagos, en unas bellas zonas lacustres, que luego volvieron a ser inundadas por el mar.
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